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Hospital General de Boston, Massachusetts, USA
(El Dr. John Collins Warren. Héroe de la Cirugía antes del Descubrimiento de la Anestesia)
 

Hospital General de Boston, Massachusetts

El Hospital General de Boston, Massachusetts, en 1846.

Viernes de mediados de noviembre de 1843, lugar: sala de operaciones del Massachusetts General Hospital de Boston. La sala se encuentra situada en la parte alta del edificio, debajo de una cúpula (actualmente llamada la cúpula del éter). Era la pieza más elevada de aquel hospital que entonces contaba 23 de existencia y era considerado uno de los mejores hospitales en toda América. En aquellos tiempos los mejores hospitales se encontraban en Francia e Inglaterra. La sala de operaciones estaba muy apartada, con lo que desde la parte baja no podían oírse los gritos de dolor de los operados y se hallaba situada a suficiente altura para que recibiera luz abundante. La silla operatoria era de respaldo plegable y tapizada de tela roja, pues así mimetizaba a la sangre. Había varias hileras de bancos

ascendientes en semicírculos dispuestos para los estudiantes y otros espectadores. Los novatos eran objeto de cierto interés malicioso y expectante, pues durante las primeras operaciones de su época de estudios, era muy frecuente que algunos de ellos cayera desmayado o abandonara la sala pálido y temblando de miedo, horror y malestar.

En una época en que toda operación quirúrgica traía consigo dolores incomparables y en que la muerte se encontraba siempre al acecho tras el cirujano, el enfermo únicamente iba a la "silla roja" cuando no había en absoluto otra solución, cuando tenía una desesperada voluntad de vivir o cuando una enfermedad era en sí misma tan dolorosa que ningún sufrimiento propio de la operación podía ser peor que el de la dolencia. Para una época en la que los anales del Massachusetts General Hospital sólo consignaba cuarenta y tres operaciones en un lapso comprendido entre 1821 y 1823, cuatro intervenciones en una sola mañana era sin duda algo extraordinario. El programa anunciado era éste : reducción de una luxación antigua en la parte alta del muslo de un hombre de cuarenta y tres años, excisión de un pecho afectado por un tumor en una mujer de cincuenta años, amputación de una pierna a un marino de cincuenta y cinco años y amputación de la lengua a un joven de edad indeterminada.

El cirujano era John Collins Warren, de sesenta y cinco años de edad, y entró a la sala de operaciones seguido del profesor en cirugía clínica George Hayward y algunos otros cirujanos y asistentes de la casa. Aunque él no operaba con el cronómetro al lado -como lo hacían otros cirujanos orgullosos de la rapidez de sus incisiones-, era un maestro en la precisa división del tiempo y enemigo de perder un solo segundo. Warren, hijo del doctor John Warren, principal iniciador del Massachusetts General Hospital, había estudiado Medicina en Europa hacia fines del siglo XVIII, en el Guys Hospital de Londres, cuyas salas, entonces famosas, no pasan de ser, a la mirada de nuestros días, cuevas oscuras e infectas. Su retrato preferido era el que le representaba con una calavera en la mano.

A las diez, los enfermeros trajeron al primer paciente al lugar de la operación -llamado "arena operatoria"- situado al pie de las hileras de asientos en gradería semicircular. Warren se quitó la elegante chaqueta y se hizo entregar por un "dresser" (los "dresser" tenían el derecho de realizar operaciones quirúrgicas menores) otra viejísima, llena de manchas y acartonada por la sangre reseca de incontables operaciones precedentes. El paciente -un hombre ajado, con los rasgos contraídos por el espanto- fue acostado sobre una mesa de madera. Este, luxado en la cadera a causa de haber permanecido mucho tiempo sin tratar, se había fijado en su posición anormal. Con el fin de volverle a su estado de movilidad, los enfermeros ataron una sólida cuerda alrededor del tronco del paciente. El extremo de esta cuerda estaba sujeto a una de las dos pesadas columnas hincadas en el suelo. De la misma forma se ataron fuertes bandas de cuero alrededor de la parte alta del muslo ; estas bandas se unieron a una cuerda que iba hasta la columna de enfrente. En

Dr. John Collins Warren

John Collins Warren (1845)

esta cuerda había un juego de poleas destinado a tenderla. Cuando los enfermeros estiraron la cuerda, sólo se oyó, al principio el crujir de las poleas. Pero después se dejó oír el primer grito del enfermo. Resonó fuertemente por todo el quirófano, mientras los enfermeros continuaban halando la cuerda. El enfermo movía la cabeza de un lado a otro y tenía la cara bañada en sudor. Cuánto más tirante se ponía la cuerda más parecía elevarse su cuerpo por encima de la mesa. Transcurridos diez minutos indescriptiblemente largos, Warren hizo una señal con la mano. Se dejó de tirar las cuerdas y el paciente descansó gritando de dolor sobre la mesa. Warren examinó impávido y mudo la cadera y el muslo. Este no se había movido de su sitio. Warren ordenó que aflojaran todavía más la cuerda y que colocaran al paciente un poco de lado. Después hizo una señal a uno de los "dresser" ; este trajo un largo cigarro puro y lo introdujo hasta la mitad en el ano del enfermo. Las grandes dosis de coñac y de opio que en aquella época se solían administrar antes de las operaciones quirúrgicas, se habían mostrado muy ineficaces para amortiguar los sufrimientos de las intervenciones, y además provocaban la contracción espasmódica de tipo defensivo-inconsciente contra el dolor, lo que dificultaba en gran manera la intervención. El hecho comprobado de que las intoxicaciones de nicotina a consecuencia del uso inmoderado del tabaco, eran capaces de producir relajamiento de grandes zonas del sistema muscular, había inducido, en casos de operaciones difíciles en determinadas regiones musculares, a inyectar en el intestino, antes de efectuarlas, un cocimiento de tabaco que era absorbido inmediatamente, conduciendo casi siempre a un relajamiento muscular. Algunas ocasiones hubo intoxicaciones mortales por nicotina. Por esto se había sustituido el procedimiento de la inyección por el de la simple introducción de un cigarro de tabaco fuerte en el recto. Warren dio al enfermo diez minutos de pausa con el fin de que se absorbiera la nicotina. Sólo la mirada fría de Warren y la aguda voz con que explicaba en dicha pausa los tres casos quirúrgicos que se esperaban todavía, impidieron que entre los estudiantes mayores, veteranos ya, se produjera un estallido de carcajadas a la vista del trágico-grotesco espectáculo del paciente con el cigarro en el ano. Al minuto exacto, los enfermeros volvieron a hacer funcionar el sistema de poleas. El rostro del enfermo al principio se veía sereno y tranquilo, pero transcurrido medio minuto se desencajó de nuevo y comenzaron los gritos. Pasaron veinte minutos, interrumpidos sólo por una breve pausa. Durante ella Warren volvió a examinar los muslos y la cadera del paciente y descubrió que todos los esfuerzos habían sido inútiles. Después ordenó un nuevo intento. Nuevo fracaso. Mientras se soltaban las cuerdas y el enfermo semiconsciente era sacado afuera con manchas de sangre en el pecho y en los muslos, Warren dijo que el paciente había decidido tratarse muy tarde. ¿Por qué fracasó la aplicación del cigarro en el ano?. El hecho era que el "dresser", que en un caso anterior al de entonces había tenido dificultades para introducirlo en el recto, tuvo la ocurrencia de untarlo con aceite, en vez de sumergirlo brevemente en agua caliente. El aceite había facilitado la introducción del cigarro, pero hecho imposible la absorción de la nicotina.
Cúpula del antiguo quirófano del Massachusetts General Hospital
Acostaron en la mesa a la cincuentona con un tumor en el pecho. Como solía ocurrir, ésta había esperado hasta el último momento para acudir a la intervención quirúrgica. Al entrar se escucharon sus quejas de dolor, estaba demacrada, enflaquecida, terrosa y con una mirada de terror mortal. Dos enfermeros se situaron detrás de la cabecera de la mesa y pusieron las manos sobre los flacos hombros de la mujer. Previamente se habían administrado cien gotas de opio a la paciente. Warren se arremangó las mangas y sacó de su bolsillo un escalpelo. Los instrumentos estaban, por lo mucho, algo limpios. Los hilos y vendajes provenían de una rinconera donde se amontonaban en el suelo. Warren pasó el pulgar por el filo del escalpelo. Después mediante rápidas incisiones cortó la piel del pecho enfermo e introdujo profundamente el cortante instrumento en el hueco de la axila. Cuando la enferma -pese al opio administrado- lanzó el primer grito y empezó a
a sacudirse con mucha violencia, Warren estaba cortando ya las zonas de la piel afectadas por el tumor y, sin hacer el menor caso de los desgarradores gritos de la mujer, echaba la piel a un lado y extirpaba la glándula enferma como también una porción de los ganglios axilares. Manos y mangas de Warren chorreaban de sangre. Las arterias sangrantes se pinzaban y ligaban con cordones. Las esponjas -para restañar la sangre- eran rápidamente enjuagadas en agua fría y ensangrentada. Algunas de las que caían al suelo eran recogidas, enjuagadas ligeramente y aplicadas de nuevo. Finalmente, Warren dio unos puntos de sutura para unir el tejido conjuntivo y aplicó esparadrapo a la herida. Warren terminó de vendar la herida. Se reanimó a la paciente, que yacía inconsciente, con coñac vertido en su boca.

Trajeron a la "arena" el tercer paciente. Warren y Hayward se frotaron rápidamente las manos con un paño. Un "dresser" trajo agua nueva, enjuagó las esponjas ensangrentadas, limpió los instrumentos con un trapo sucio y manchado y colocó sobre la mesa un torniquete y una sierra para hueso. El marinero cuyo muslo tenía que ser amputado a causa de una gangrena originada por una fractura de tibia, era un tipo corpulento. Antes de acostarse para ser operado, pidió un poco de tabaco para mascar. Después dijo a los enfermeros que le dejaran en paz y que no era necesario que nadie lo sujetara. Warren le dirigió una mirada sarcástica. Hayward puso el torniquete un poco más arriba de la zona de amputación. Warren mediante un rápido corte circular llevó su cuchillo hasta el fémur y con gran fuerza, a pesar de ser muy delgado, separó piel, músculos y vasos. El marino escupió el tabaco, dio un gemido y sus rojas manos se crisparon agarradas a la cabecera de la mesa de operaciones. Warren cortó con la sierra el hueso que ya estaba al descubierto. Mientras Hayward sacaba del muñón los vasos cortados, Warren los iba ligando. Lo único que profirió el marino fue un sordo lamento.

Por miedo a la hemorragia, los practicantes y enfermeros sólo se atrevían al principio a amputar miembros en zonas gangrenadas, dado que en ellas no había circulación sanguínea. Más tarde, los muñones sangrantes se introducían en aceite hirviendo o los cauterizaban con hierro candente. Ambroise Paré, practicante que vivió en el siglo XVI, cirujano rural y después médico personal del rey en París, condenó por primera vez la bestialidad de las quemaduras y defendió la ligadura de los vasos.

Warren, con la chaqueta manchada y las manos ensangrentadas, estaba viendo llegar al último paciente, un joven de aspecto completamente sano, pero que penetró en la "arena" con mirada inquieta y agitada. Cuando el joven, tras cierta vacilación, se hubo sentado en la "silla roja", apareció tras él un enfermero con un brasero portátil donde ardía carbón y en el cual se encontraban ya candentes varios instrumentos de cauterio. El enfermero dejó el brasero de forma que el infortunado joven no pudiera verlo. Warren tenía en una mano unas pinzas y en la otra un escalpelo. Uno de los cirujanos del establecimiento, un hombre alto y fuerte, se puso inmediatamente detrás de la silla, dispuesto a sujetar la cabeza del paciente. Warren invitó al joven a que abriera la boca. El paciente obedeció titubeante. Cuando la lengua salió de la oscuridad de la boca se vio. Incluso desde cierta distancia, la gran proliferación que deformaba la punta. La mano izquierda de Warren, armada de las pinzas abiertas, atrapó la lengua con rápido movimiento. El joven intentó retirarla emitiendo, al hacerlo, un grito ahogado. Pero las pinzas de Warren ya no la soltaron. Este estiró la lengua haciéndola salir más de la cavidad oral, mientras el otro cirujano le sujetaba con fuerza la cabeza. Unas fracciones de segundo más tarde el escalpelo de la mano derecha de Warren cortaba la lengua con un solo y rápido movimiento. La parte anterior de ésta, amputada juntamente con la proliferación, cayó al suelo. Del muñón de la lengua manaba sangre. Warren arrojó el escalpelo sobre la mesilla del instrumental y extendió la mano hacia un lado de la silla de operaciones para coger el mango de un hierro candente que le tendía un enfermero, sin que el operado, todavía atontado, pudiera darse cuenta de ello. Warren mantuvo el hierro candente a su espalda y con un movimiento rápido puso las manos sobre los ojos del enfermo, y Warren apretó inmediatamente el hierro candente contra la herida sangrante de la lengua. Sorprendido por el terrible dolor, el paciente intentó echar la cabeza para atrás. Con un esfuerzo gigantesco hizo retroceder la silla y retrocedió él mismo varios metros. Sin embargo, Warren continuaba poniendo una y otra vez el cauterio sobre el muñón de la lengua. Warren soltó las pinzas y la cabeza del operado. Este apretó las suyas contra la boca y se levantó de un salto. Emitía sonidos indescriptibles e iba de un lado a otro vacilando como un ciego. Los dos enfermeros se llevaron afuera el enfermo que seguía tambaleándose de dolor.

Un hombre como Warren no les parecía a sus contemporáneos ni un verdugo ni un torturador, sino un hombre bastante fuerte y duro para hacer cara a los más terribles sufrimientos humanos, oír los gritos de los atormentados y, a pesar de ello, hacer aquello que en aquella época era, en incontables casos, la única acción salvadora. Estos cuatro casos anteriores son símbolos perdurables de las circunstancias y los métodos de la cirugía en la última fase de su edad antigua, poco antes del descubrimiento de la anestesia que había de transformarla totalmente.

Referencia: 1. "El Siglo de los Cirujanos" del Dr. Jürgen Thorwald. Editorial Barcelona.
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