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ANESTESIOLOGIA, PRACTICA PROFESIONAL Y
ARBITRAJE MEDICO
El siguiente artículo fue amablemente enviado el día 24 de agosto de 1999, por el Dr. Ignacio González Angulo, Médico Cirujano por la UNAM, especialista en Anestesiología por la Universidad de Guadalajara, especialista en Administración y Docencia de la Salud y aspirante a Maestría en Ciencias Médicas por la Universidad Autónoma de Nayarit. Actualmente trabaja en Tepic, Nayarit, en el Hospital General de la SSA como Jefe de Epidemiología Clínica y en la Facultad de Medicina de la UAN como Jefe del Centro de Cómputo, catedrático de Anestesiología y medicina de la comunidad. 
El conflicto entre mis pensamientos y mi disciplina profesional me han llevado a las siguientes reflexiones: la anestesiología, independientemente de ser una disciplina científica de la medicina a la cual se accede por vocación, por gusto o por necesidad en un desorientado afán de especializarse a toda costa al concluir la carrera de medicina, también es un trabajo en el cual se depositan todas las aspiraciones y todo el empeño de progreso económico que poseé el hombre por sobresalir entre los avatares de la vida.

Si consideramos a la anestesiología solo en sentido laboral y al anestesiólogo como el técnico que trabaja sobre ella podremos apreciar que la disciplina vista de esta manera, pasa por una serie de conflictos que gira en el medio institucional desde el deseo de una menor carga de trabajo para el que labora en un momento dado, la oportunidad de una suplencia para el que está en espera de que haya una vacante, la mejor remuneración para ambos; hasta la consecución de cirujanos (con pacientes desde luego) en el medio privado, con la aspiración muchas veces reprimidas por ellos mismos, de colocar honorarios más acordes con la dignidad de especialistas, luego el ansia que tienen algunos de adquirir más conocimientos, lo cual se logra únicamente asistiendo a cursillos de actualización, a congresos, la más de las veces excesivamente caros al tiempo que distrae la atención del trabajo perdiendo la oportunidad de prestar servicio a los cirujanos ya mencionados. O sea un círculo vicioso.

Es irrebatible que, para que pudiera haber desarrollo en la ciencia quirúrgica primero tuvo que haberlo en la ciencia anestésica. ¿Que sería de la cirugía de no haberse sintetizado en 1935 la d-tubocurarina, la droga que sirve para paralizar sin rigidez alguna al paciente anestesiado? ¿Que sería tal procedimiento si no existiera la ventilación artificial de los pulmones a través de tubos que se insertan en la tráquea? ¿Que avances en la cirugía cardíaca habría sin la existencia de narcóticos potentes que no causen adicción?

Es un hecho que el desbordamiento actual en las técnicas de reanimación avanzada y cuidados intensivos, aún cuando son inquietudes de todas las especialidades "fueron los anestesiólogos los que facilitaron su desenvolvimiento, porque son los que afrontan directamente las crisis en los quirófanos" nos dice con énfasis Hanz Killian, y fueron los anestesiólogos los que a últimas fechas iniciaron la nueva modalidad de la medicina "la medicina catastrófica" que tantos servicios otorgó en 1985 después del sismo fatal de la Ciudad de México, con su entrenamiento, su sofisticado equipo y sus canes heroicos. Sin embargo, los anestesiólogos de Tepic y todo el país (¿podría ser un fenómeno mundial?) dejan todavía mucho que desear. Siendo una comunidad de profesionales del conocimiento científico, con una sistematización piramidal de la medicina y la vigorización de los institutos de seguridad social y de asistencia médica pública, se han transformado de respetables
profesores-maestros-doctores, poseedores de un conocimiento profundo en la materia y quizá ganadores de alguna fortuna, en simples asalariados, dependientes de un patrón institucional o de otro médico-patrón: el cirujano.

Mencionábamos la estructura piramidal de la medicina, hecho que venimos arrastrando sin remedio de la escuela francesa que nos rige aún pese a la tendencia constante al modo americano. Ya hace mucho que en Francia se percataron de ello; si recordamos que fué en 1968 al formarse los Comités de Acción de los Trabajadores Sanitarios se detectaron tres deficiencias fundamentales: 1. Actividad médica no integral, con demasiada tendencia hacia la especialidad, 2. Excesiva comercialización de los medicamentos, y, 3. Incoordinación entre los sistemas hospitalarios y los consultantes de medicina externa;  concluyeron diciendo que tales deficiencias recaen precisamente en médicos que laboran en áreas hospitalarias, integrando cotos cerrados, dirigiéndose por grupos reducidos y considerándose miembros de una casta privilegiada sin relación alguna con los médicos que aún no acceden a ella. La vigencia y supremacía de este sistema se fundamenta en la más execrable de las teorías operativas: la jerarquía, que mantiene su supremacía mediante asfixiantes métodos de represión que obliga a la sumisión incondicional o la marginación absoluta, quedando entonces a éstos últimos solo las míseras participaciones.

Lo anterior no es sino la manifestación más viva de que los anestesiólogos suelen ser servidores del poder, siendo los principales promotores del desorden institucionalizado que le marca por una falta de cohesión entre ellos mismos. Y lo anterior sucede en todos sentidos en el país entero. El anestesiólogo vive una total autonegación al aceptar ser dependiente absoluto del cirujano e introducirse en un servilismo puro y fehaciente. Vive una utopía al decir que "presta sus servicios al paciente del cirujano" cuando en realidad le "presta sus servicios al cirujano del paciente".

Sin embargo los anestesiólogos se encuentra agrupados. ¿Qué debe hacer la Federación de Sociedades
de Anestesiología de la República Mexicana en este sentido?.

Si recordamos que Leopoldo Zea en su "Dialéctica de la conciencia americana" nos dice que "la libertad está realmente en la conciencia de quienes han sido transformados en simples objetos de uso y dominio" entonces deben cobrar que el uso de esa libertad radica en ellos mismos.

Siendo evidente que los cirujanos constituyen una clase dominante en relación a los anestesiólogos al ser poseedores de los medios de producción, se debe entonces dar el giro y "olvidándose de viejos valores morales ya caducos" considerar al cirujano (y no al paciente) como el medio de producción. Luego la Sociedad de Anestesiología debe pugnar porque los centros asistenciales cuenten con los sistemas modernos de control ventilatorio, monitoreo, evacuación de gases y ambiente agradable. Debe procurar generar docencia de alto nivel, impulsando la investigación científica y humanística.

La situación actual no podría ser más propicia. La reciente inquietud que vive el conglomerado médico en general con la creación de la Comisión Nacional de Arbitraje Médico nos ha obligado a reconsiderar lo anterior en otros sentidos. Los problemas y las eventuales soluciones que rodean a los médicos y al pueblo mismo, podrían considerarse conflictos independientes entre sí aparentemente, pero debemos apreciar que se encuentran estrechamente ligados en muchas ocasiones.

Veamos. La clase médica ha sufrido un deterioro paulatino en su imagen desde el conflicto médico suscitado en la Ciudad de México en los últimos meses de 1964 y primeros del 65. En esa ocasión que se inició como un mero movimiento de internos y residentes y que a la postre culminó con la participación de una gran mayoría de médicos adscritos, los objetivos eran lograr mejores remuneraciones, superar la alimentación en las guardias e idoneizar los medios de enseñanza. ¡Y lo lograron!... después de haber sido escarnecidos en sus personas y a costa de un gran sacrificio: la satanización del médico como servidor público. Se les acusó de criminales, se les hicieron cargos desde homicidio por omisión hasta la asociación delictuosa, en una palabra se les acusó de irresponsabilidad profesional.

Posteriormente, los médicos en diversas instancias e instituciones, hemos seguido luchando por mejores prestaciones salariales y secuencialmente se ha seguido deteriorando la imagen pública de todos nosotros. Y eso se debe principalmente a concepciones históricas que datan desde la Grecia Antigua con el llamado padre Hipócrates que ante la opinión de los profanos que no entienden su juramento, nos condena de por vida a ser incólumes ante nuestra propia necesidad por atender el infortunio ajeno a grado tal que debemos estar dispuestos a ofrendar nuestra propia vida en aras de la extraña... y sin ningún reconocimiento o compensación a tal sacrificio.

Así, cada vez que alzamos la voz para obtener algún beneficio o alguna prestación, máxime si lo hacemos con la más mínima medida de presión, aún cuando sea legal, surge de inmediato la acusación, siempre mal fundamentada de desnaturalizados, deshumanizados, irresponsables e inmorales.

No podemos soslayar la necesidad y obligatoriedad del Estado por resolver los trastornos de salud del pueblo, regulando la prestación de los servicios de salud. Sabemos que aparejado con nuestra obligatoriedad moral para con el enfermo coexiste la misma desviación de la propia norma.

Conocemos que a la par, figuran charlatanes, falsos médicos e impreparados la menos de las veces, mercenarios codiciosos lamentablemente un poco más; profesionales con más sentido del comercio que del servicio y que se han unido no para brindar mejores oportunidades de salud a los que la necesitan, sino para mejor explotarles y sangrarles su economía mediante el falso diagnóstico de propósito conduciéndolos a costosos y excesivos estudios, así como no menos tratamientos que exceden en tiempo y valor a los que realmente el paciente debe ser sometido.

Por eso hemos formado con la debida antelación los Colegios Médicos y las Sociedades por Especialistas. Ya habíamos postulado oportunamente la exigencia de poder ser autoreguladores en la prestación de nuestros servicios; de hecho, en nuestro Estado, el marco jurídico profesional así lo contempla. Nosotros también deseamos evitar el charlatanismo, la impreparación; deseamos promover la alta escuela, nuestra propia superación y vincularnos con las autoridades y dar mejor servicio a nuestra nación.

 
 
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